Estado y Capital

Las dos principales manifestaciones actuales del Poder en el ámbito social son, como resulta evidente, Estado y Capital, por ello conviene que nos detengamos a tratar de entender un poco sus relaciones, diferencias y similitudes, pues de ordinario se suelen presentar como si estuvieran aún separadas netamente al modo y antaño.

En nuestros días pretender que el Estado está separado del Capital es sencillamente, cuando menos, una grave equivocación. En los tres modelos de sociedades de estos tiempos, los llamados Primer, Segundo y Tercer Mundo vemos como esto es así aún cuando tengan sus peculiaridades en cada uno de los tres. Empezar por el llamado Segundo Mundo, el que también se ha llamado “socialismo realmente existente” o hasta comunismo, la cosa no puede estar más clara: el Partido ocupa todas las esferas de Poder, las decisiones tanto económicas como políticas son tomadas por las mismas personas, al menos en lo que respecta a los niveles superiores, obviamente. En el Primer Mundo las cosas, a primera vista podrían parecer distintas, pero se comprueba fácilmente que no es más que una apariencia. En cuanto a los individuos que ocupan los puestos y dirección política y económica vemos que los mismos nombres pasan y un ámbito a otro como si se tratara literalmente de una puerta giratoria, del ministerio al consejo de administración y viceversa. En cuanto a los procedimientos y formas de actuación nos encontramos con la misma similitud.

Para los que necesiten ver las cosas con ejemplos concretos nos referiremos al caso que nos toca más de cerca: Estado y Capital operantes en España. Si atendemos a la fuerza bruta, recurso último del Poder, nos encontraremos que los datos del número de hombres armados bajo mando directo de uno y otro son los siguientes (ofrecemos cifras redondeadas y aproximadas, pues ni siquiera en su afán de tenerlo todo contado son ninguno de los dos capaces de ofrecer cifras precisas, independientemente de que eso no sea lógicamente posible, pues siempre habrá algunos que no figuren en las estadísticas, o que figurando no estén disponibles, etc.):

-Fuerzas policiales (Guardia Civil, Policía Nacional, policías autonómicas y locales): unos 225.000 efectivos
-Fuerzas militares: unos 127.000 (incluyendo personal en la reserva)
*Total del Estado: 357.000 efectivos
(fuente: http://www.defensa.gob.es/ladefensa/presupuestos/)
-Personal de seguridad privada (incluyendo todas las categorías): 298.000 al servicio directo del Capital
(fuente: http://www.interior.gob.es/file/63/63818/63818.pdf)

Aunque se puede aducir que no tienen la misma capacidad de fuego unos y otros, hay que recordar que cada vez el Estado adjudica más funciones a los cuerpos que dependen del Capital, llegando a las últimas leyes que permiten convertir a personal privado en una verdadera policía privada de hecho, y permite el uso de más armas (recuérdese que ya hay autorización incluso para que elementos privados usen hasta armas de guerra, por mucho que sea en casos especiales, que ya se sabe que rápidamente se puede generalizar lo «especial»). La similitud numérica va además camino de la paridad al irse adjudicando cada vez más licencias privadas y recortando más en funcionarios policiales y militares.

Y si echamos un vistazo a la nómina de políticos baste recordar como los dos últimos ex presidentes del gobierno (cuyos nombres ignoramos aquí porque adjudicar importancia alguna a lo personal solamente sirve para distraer de lo principal) han sido recompensados con sendos cargos en las grandes Corporaciones eléctricas, mediáticas y de gas, tanto locales como extranjeras. Y de ahí para abajo.

El Estado aplica unos criterios cada vez más empresariales, y así vemos como los viejos servicios públicos como el postal, ajenos antaño a cualquier rentabilidad directamente económica, pasan ahora a ser gestionados, aunque sea como ideal, conforme a ese sacrosanto principio. Y por su parte el Capital procede a uniformar a sus trabajadores y usar los mismos métodos jerárquicos y denominativos que el Estado, así los ejecutivos del Capital y del Estado tienen incluso igualdad en el nombre de muchos de sus cargos, p.e.: Presidente o Director General, y emplean la misma jerga «es política de la empresa» «la política del gobierno».

Se mire por donde se mire se encuentran las similitudes o las estrictas igualdades entre ambos, desde la arquitectura que ya no distingue entre ministerios y empresas o entre cuarteles y fábricas hasta los procedimientos de vigilancia y control o los sistemas de recompensas y castigos.

Y el pobre Tercer Mundo, que no es más que el Primero con menos dinero, a poco que se descuiden sus cleptocracias va camino de alcanzar, aunque sea como ideal, lo que en el Primero se hace.

Así que hasta los presuntamente rebeldes al Capital que no se quieren dar cuenta de esta indisoluble relación que mantiene con el Estado harían bien en abandonar esa ilusión de la separación de ambas entidades si no quieren verse tan excluidos del favor del pueblo como ya lo están por doquier los políticos en general.

Anuncios

,

Deja un comentario

Poderosos y podidos

Preguntarse por los miembros de una relación de Poder requiere adjudicar un nombre a cada uno de los miembros de la relación, así que se ha optado por referirnos a ellos con el término de poderosos, de claro uso, y el no menos claro, aunque manifiestamente menos usado, de podidos, que además en esta lengua con un mínimo cambio fonético de la consonante inicial describe con bastante exactitud en lengua popular la condición de quienes sufren la acción del Poder. No se emplean para esta descripción de los actores términos de los denominados científicos, pues la cratología, por pura coherencia, no puede ser Ciencia ninguna, ya que la Ciencia es parte del Poder y la operación de desvelamiento del mismo no puede ser asumida por Él por el riesgo de ser puesto en cuestión, de ahí que lo relativo al Poder, con nombre o no de cratología, que eso es secundario, no tenga en el mundo académico más que un tratamiento marginal y casi exclusivamente ceñido al ámbito del derecho político o la sociología política.

En cada situación concreta en la que se da una relación de Poder no tiene mucha dificultad el identificar a cada uno de los intervinientes, tanto ellos mismos, como, con mayor motivo, desde fuera.

Si creyéramos en la Historia no tendríamos empacho en decir que la lucha por el Poder es su motor y que el conflicto entre poderosos y podidos es el verdadero problema político, económico y social y no la lucha de clases que no pone en cuestión la más profunda y radical división social. Entender así la cuestión sirve para analizar y explicar las sociedades llamadas socialistas cuyo fracaso como espacios de emancipación del proletariado que se ofrecía sigue trayendo de cabeza a marxistas diversos que son incapaces de afrontar las raíces del problema y de ir más allá de trivialidades como “degeneración burocrática”, “desviación personalista” y similares.

Aunque el Poder es abstracto necesita de rostros que lo encarnen y por ello aparece también un conflicto entre los propios servidores del Poder, pues Él se pretende, como el Dios de las viejas religiones monoteístas, Todopoderoso y Único, pero no puede ser ejercido más que a través de una multiplicidad de individuos, que por fuerza no pasarán de ser Muchopoderosos y en la mayor parte de los casos Pocopoderosos, lo cual no obsta para que cada uno pretenda, ilusoria pero consecuentemente con el carácter absoluto del Poder en abstracto, llegar a ser Todopoderoso. Así pues la lucha no solo por la conquista de posiciones de Poder sino por su ampliación constante está asegurada. Y aunque hay evidentemente una gradación de los diversos ejercicios de Poder, en aspectos diversos (cantidad de sujetos sobre los que se ejerce, ámbito territorial o intensidad de los elementos coactivos , etc.) hay una identidad básica entre los mecanismos que operan en la abadesa de una comunidad monástica y el presidente de un gobierno, digamos.

El poderoso, por conquista consciente de su posición o por designación de alguien superior, que son las dos vías básicas de acceso al ejercicio concreto del Poder (sea el del político que por elección o por la fuerza, tanto da, ocupa la presidencia de un gobierno, sea el obrero de una cadena de montaje que se ve promovido a jefe de sección por sus superiores), ha de atenerse, so pena de perder su parcela de Poder, y he ahí los elementos de miedo y falsedad a los que se ve sometido también él por la abstracción pura del Poder mismo, asunto sobre el que volveremos con detalle enseguida, a cumplir con las reglas que su posición exige y que detallamos a continuación:

-la primera norma a la que está sometido es la de mantenerse en el Poder. Para ello puede servirse de los medios que sean, con tal que consigan su objetivo. Así es como vemos que la dimisión de un poderoso, del grado que sea, se produce de ordinario solamente por la incapacidad para seguir en su puesto, bien sea sobrevenida en su persona, por una enfermedad grave, por ejemplo, bien por la inminencia del desalojo en peores condiciones que la dimisión por parte de un nuevo poderoso.

-la segunda es intentar la ampliación constante de su parcela de Poder, pues esa tendencia a lo absoluto que se impone tanto a él como a los demás obliga al poderoso a la lucha por la expansión, como vemos desde el imperialismo de los estados a la globalización de las empresas o al aumento del número de vocaciones para el convento o de obreros para la sección.

Retomemos ahora, como adelantábamos antes, la cuestión de la sumisión de los poderos os mismos al Poder. Esta sumisión les convierte, a su manera, en podidos, según la terminología que propusimos, pero con una diferencia esencial, no se trata de una sumisión personal, como la del caso general, sino a la propia noción de Poder, que, como hay que repetir, es abstracta. Y como se ha dicho en el artículo”Sustentación del poder”, publicado aquí mismo, el miedo y la mentira son los mecanismos que también se emplean para su sumisión.

El miedo es el más evidente, la posibilidad de perder su posición, con los supuestos privilegios que conlleva, es el látigo más eficaz para su propio sometimiento. Y ese miedo a la pérdida se fundamenta a su vez en la mentira, que consiste en la creencia, en la fe, en que ese ejercicio por ellos mismos del Poder es bueno, como mínimo, para ellos, y a menudo, hasta para los demás. Nuestra abadesa y nuestro presidente, por más dictatoriales y tiránicos que sean, no pueden dejar de creer que aunque lo que hagan sea malo para sus monjitas o sus ciudadanos, es al menos bueno para ellos, aunque lo más corriente es que tanto la abadesa como el presidente traten de tener el mayor consentimiento de sus monjitas y sus ciudadanos, como manda el ideal democrático que corresponde a estos días.

Esta falsedad de la bondad de lo que obtienen para ellos mismos los poderosos requiere seguramente una explicación más pormenorizada, pues lo que está mandado, ¿o es que el Poder va a ponerse en cuestión a sí mismo?, es precisamente que se crea que eso es lo bueno, lo deseable, aunque sea inalcanzable para las masas de individuos y quede reservado para unos pocos que han conseguido conquistar esas posiciones.

Si los poderosos se dan a lo que suele entenderse por “la buena vida”, sin entrar por ello ahora a analizar si es no solo “buena” sino incluso “vida” siquiera, resulta curiosamente que dejan de ser poderosos, pues para dejar de estar ocupados y preocupados por el cuidado del capital que les permita al menos vivir sin trabajar el resto de sus días, que es con lo que sueñan los condenados al trabajo, dejan por ello de tener Poder, pues el Poder exige ocuparse de su ejercicio y si tienen que ocuparse, como parece que sucede en los más de los casos de quienes podrían vivir sin trabajar, del cuidado de su patrimonio, ya están con ello dejando el hipotético disfrute. Es así como el miedo a perder lo que alcanzaron y la falsedad de poder disfrutar a la vez que se ejerce el Poder se aplican también, a su especial modo, a los poderosos mismos. Cuando se ve a alguien que parece que podría vivir sin trabajar el resto de sus días y hasta sus descendientes y se ve también que sigue aferrado a la gestión de su patrimonio o al monarca que no se resiga a abdicar y sigue hasta la muerte, si le dejan, aferrado al trono, nos encontramos con la prueba de lo certero de la explicación que damos.

Los de abajo, por su parte, han de soportar igualmente el miedo, a la represión pura y dura los más contestatarios, y a perder lo que creen tener o a no poder lograr lo que creen desear. Y aquí es donde se presenta la cuestión que pensamos que es fundamental para entender tanto la pervivencia del Poder como, en necesario correlato, la ausencia de levantamiento contra el mismo.
A esa cuestión dedicaremos un próximo estudio.

Deja un comentario

Sustentación del Poder

¿Cómo se sostiene el Poder? Los dos recursos fundamentales son: la mentira y el miedo. Cada uno de ellos admite gradaciones y modalidades de puesta en práctica diversas, pero reducibles a esos dos.

La mentira consiste tanto en la forma habitual de entenderla, la más burda, como declaración de algo de lo que el propio Poder es consciente de su falsedad como verdadero, como, sobre todo, la de la proclamación de lo no conscientemente tenido por falso como verdadero, pues el ejercicio del Poder requiere de sus ocupantes la creencia tanto en la bondad del Poder mismo, otra cosa es lo que quiera decir bondad, como en los ideales, falsos, en los que se sustenta.

Si esto parece demasiado abstracto veámoslo en un caso concreto, pues el Poder es a la vez abstracto y concreto.Sea el Presidente de un modesto club de balonmano, por ejemplo, que declara no haber usado los fondos del club para pagarse unos billetes de avión a sabiendas de haberlo hecho. Aquí nos encontraríamos con un caso del primer tipo, que no por relativamente frecuente en algunos lugares y épocas es el principal.Pero si ese mismo Presidente cree que su misión es conseguir que su equipo gane el torneo anual, además o aparte de conseguir para la empresa textil de su propiedad la exclusiva de la fabricación y venta de camisetas y bufandas con los colores del club, entonces ya tenemos el necesario Ideal que servirá para justificar cuanto se haga en pos de su incierta consecución. No tendrá pues ningún motivo para no sobornar discretamente al árbitro de un partido decisivo o administrar sustancias prohibidas para aumentar el rendimiento deportivo de los jugadores que le han asegurado serán de muy difícil e improbable detección, pues el Ideal del triunfo le servirá de justificación. Ese Ideal, como cualquier otro, es propiamente falso, pues aunque se llegue a ganar el campeonato obviamente, y hasta con mayor motivo, el club seguirá y precisará la renovación del Ideal, ganar el del año próximo, o plantearse uno más difícil, como ganar el campeonato mundial, ya que sin Ideal, que es por definición siempre futuro y por ello inalcanzable, demostrándose así que el que se planteaba como tal no era más que a lo sumo un paso en el camino interminable hacia el verdadero Ideal inalcanzable que es el que no se puede declarar sin que se ponga en cuestión el Poder mismo al que sustenta, pues lo que de veras queda e importa es el aparato mismo de Poder, independientemente de la persona concreta que pueda servir para ponerle rostro circunstancialmente.

Quienes sirven al Poder encarnándolo, que no siendo ellos mismos el propio Poder, no dimiten habitualmente salvo fracaso clamoroso, y aún así muy a regañadientes y por el temor de ser desalojados de él de forma más dolorosa, o impedimento sobrevenido, como una grave enfermedad, para poder seguir manteniéndolo, y mucho menos si se puede presentar un triunfo aparente. E incluso en el caso de la dimisión personal el Poder mismo persiste con un nuevo rostro que pasa a encarnarlo de forma más o menos inmediata, lo que nos presenta bien a las claras que el Poder no es personal, sino abstracto e independiente de las personas concretas, de ahí la equivocación de quienes pretenden alzarse contra Él promoviendo la sustitución de los nombres propios que le prestan rostro. A lo más que puede llegarse es un ejercicio más aparentemente benévolo del mismo, que no podrá suponer ningún cuestionamiento del mismo, sino incluso al contrario, una garantía mayor de su pervivencia, pues el tirano sabe que tiene sus días contados, aunque lleguen a ser muchos, pero el monarca “amado por su pueblo” sabe que puede estar más tranquilo en su trono.

El segundo recurso esencial de sustentación del Poder, el miedo, es más evidente y sencillo de percibir, aunque a menudo no se le tiene en la adecuada consideración a la hora de entender procesos concretos.

Conviene apuntar desde el principio que también está sometido a gradación, y que no es lo mismo el terror que el temor, aunque el mecanismo sea el mismo y sus efectos también. El mecanismo del miedo se fundamente en el futuro, pues es la amenaza que se siente de que llegue a pasar algo la base del miedo. La realización de lo temido acaba con el miedo mismo, como resulta evidente, pues si, por ejemplo, temo ser despedido y llego a serlo, ya no tendré miedo a quedar en paro pues ya lo estoy, el miedo, tan abstracto como el Poder mismo, se renovará probablemente bajo nuevas formas, y así me preocuparé por la falta o disminución de ingresos o por cuando conseguiré otro trabajo, pero desde luego no ya por ser despedido. Así que el miedo se basa en el futuro, en un futuro que se verá como más o menos probable, cercano o intenso en sus efectos, siendo la probabilidad, cercanía e intensidad lo que sirve para la gradación del miedo.

Conviene señalar que la represión, entendida como la aplicación efectiva de lo temido, y parte por tanto de este segundo recurso del miedo, es el último que al Poder le interesa utilizar y que se emplea en condiciones de debilidad cierta o asumida como tal por el propio Poder o de ataque especialmente fuerte, pues supone el fracaso del primer recurso, la mentira, que es el más efectivo, ya que poner un guardia al lado de cada persona es menos eficiente que contar con el asentimiento de cada cual. La represión sin miedo sería inútil, aunque puede llegar a serlo sangrientamente, pues si el pueblo, como lo opuesto al Poder, pierde el miedo resulta imparable salvo que el recurso de la mentira, como suele suceder, haga que el Poder se perpetúe con los cambios mínimos para que lo fundamental permanezca. En los pronunciamientos populares contra los gobiernos se ve de continuo esto: la hartura del gobierno de turno lleva a la gente a pronunciarse cada vez más decididamente contra él, con una pérdida del miedo generalizada por mucha represión que sufra, hasta que la encarnación del Poder pasa a una nueva facción que reemplaza a la anterior con la promesa, mentirosa por futura, de un mañana mejor, que como cualquiera sabe ese día de mañana es el que nunca llega pero sirve para la justificación de las penurias de hoy.

Deja un comentario

¿Qué es el Poder?

Un sitio de la red dedicado al estudio del Poder, y hasta el momento, según nuestras noticias, el primero y único en esta lengua al menos, deberá lo primero tratar de indagar lo que sea el objeto de su dedicación, pues si bien cualquiera cree saber lo que sea, ya que se usa la palabra de continuo, tal vez la cosa no esté tan clara como a primera vista parecía.

Un breve repaso a algunas de las aproximaciones a una definición de Poder:

Thomas Hobbes: considera el poder que alguien tiene como “sus medios presentes para obtener algún futuro y aparente bien” (Leviathan, Penguin, Londres, 1968, p. 150)

Max Weber: Poder (Macht): “Por “poder” entendemos aquí, de un modo general, la probabilidad que tiene un hombre o una agrupación de hombres de imponer su propia voluntad en una acción comunitaria, incluso contra la oposición de los demás miembros”. (Economía y Sociedad, I, México 1969, 682)

Michel Foucault: “por poder hay que comprender, primero, la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del dominio en que se ejercen, y que son constitutivas de su organización; el juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las transforma, las refuerza, las invierte; los apoyos que dichas relaciones de fuerza encuentran las unas en las otras, de modo que formen cadena o sistema, o al contrario, los corrimientos, las contradicciones que aíslan a unas de otras; las estrategias, por último, que las tornan efectivas, y cuyo dibujo general o cristalización institucional toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales” (Historia de la sexualidad. 1.La voluntad de saber. Madrid. 1978, pp 112-113)

Hannah Arendt: “el poder no es nunca una propiedad individual. El poder pertenece al grupo y sobrevive sólo en la medida en que el grupo permanece. Cuando decimos de alguien que se encuentra %91en el poder%92, lo que queremos decir es que su investidura de poder proviene de un cierto número de personas que lo autorizan a actuar en su nombre” (“Communicative Power”, en: Steven Lukes (ed.): Power, Blackwell, Oxford, 1986, p. 64)

Agustín García Calvo: “toda ordenación que, desde lo alto de la sociedad y de la conciencia, reduce a Fin y Principios las posibilidades sin fin de la gente” (¿Qué es lo que pasa? Zamora, 2006, p 20)

Como se ve en esta breve muestra las definiciones o aproximaciones a una definición son muy diversas y hasta antagónicas, así que una de las tareas de este espacio es precisamente el tratar de clarificar esta cuestión. Trataremos de ir haciéndolo en los distintos artículos que vayamos publicando.

Deja un comentario