Poderosos y podidos

Preguntarse por los miembros de una relación de Poder requiere adjudicar un nombre a cada uno de los miembros de la relación, así que se ha optado por referirnos a ellos con el término de poderosos, de claro uso, y el no menos claro, aunque manifiestamente menos usado, de podidos, que además en esta lengua con un mínimo cambio fonético de la consonante inicial describe con bastante exactitud en lengua popular la condición de quienes sufren la acción del Poder. No se emplean para esta descripción de los actores términos de los denominados científicos, pues la cratología, por pura coherencia, no puede ser Ciencia ninguna, ya que la Ciencia es parte del Poder y la operación de desvelamiento del mismo no puede ser asumida por Él por el riesgo de ser puesto en cuestión, de ahí que lo relativo al Poder, con nombre o no de cratología, que eso es secundario, no tenga en el mundo académico más que un tratamiento marginal y casi exclusivamente ceñido al ámbito del derecho político o la sociología política.

En cada situación concreta en la que se da una relación de Poder no tiene mucha dificultad el identificar a cada uno de los intervinientes, tanto ellos mismos, como, con mayor motivo, desde fuera.

Si creyéramos en la Historia no tendríamos empacho en decir que la lucha por el Poder es su motor y que el conflicto entre poderosos y podidos es el verdadero problema político, económico y social y no la lucha de clases que no pone en cuestión la más profunda y radical división social. Entender así la cuestión sirve para analizar y explicar las sociedades llamadas socialistas cuyo fracaso como espacios de emancipación del proletariado que se ofrecía sigue trayendo de cabeza a marxistas diversos que son incapaces de afrontar las raíces del problema y de ir más allá de trivialidades como “degeneración burocrática”, “desviación personalista” y similares.

Aunque el Poder es abstracto necesita de rostros que lo encarnen y por ello aparece también un conflicto entre los propios servidores del Poder, pues Él se pretende, como el Dios de las viejas religiones monoteístas, Todopoderoso y Único, pero no puede ser ejercido más que a través de una multiplicidad de individuos, que por fuerza no pasarán de ser Muchopoderosos y en la mayor parte de los casos Pocopoderosos, lo cual no obsta para que cada uno pretenda, ilusoria pero consecuentemente con el carácter absoluto del Poder en abstracto, llegar a ser Todopoderoso. Así pues la lucha no solo por la conquista de posiciones de Poder sino por su ampliación constante está asegurada. Y aunque hay evidentemente una gradación de los diversos ejercicios de Poder, en aspectos diversos (cantidad de sujetos sobre los que se ejerce, ámbito territorial o intensidad de los elementos coactivos , etc.) hay una identidad básica entre los mecanismos que operan en la abadesa de una comunidad monástica y el presidente de un gobierno, digamos.

El poderoso, por conquista consciente de su posición o por designación de alguien superior, que son las dos vías básicas de acceso al ejercicio concreto del Poder (sea el del político que por elección o por la fuerza, tanto da, ocupa la presidencia de un gobierno, sea el obrero de una cadena de montaje que se ve promovido a jefe de sección por sus superiores), ha de atenerse, so pena de perder su parcela de Poder, y he ahí los elementos de miedo y falsedad a los que se ve sometido también él por la abstracción pura del Poder mismo, asunto sobre el que volveremos con detalle enseguida, a cumplir con las reglas que su posición exige y que detallamos a continuación:

-la primera norma a la que está sometido es la de mantenerse en el Poder. Para ello puede servirse de los medios que sean, con tal que consigan su objetivo. Así es como vemos que la dimisión de un poderoso, del grado que sea, se produce de ordinario solamente por la incapacidad para seguir en su puesto, bien sea sobrevenida en su persona, por una enfermedad grave, por ejemplo, bien por la inminencia del desalojo en peores condiciones que la dimisión por parte de un nuevo poderoso.

-la segunda es intentar la ampliación constante de su parcela de Poder, pues esa tendencia a lo absoluto que se impone tanto a él como a los demás obliga al poderoso a la lucha por la expansión, como vemos desde el imperialismo de los estados a la globalización de las empresas o al aumento del número de vocaciones para el convento o de obreros para la sección.

Retomemos ahora, como adelantábamos antes, la cuestión de la sumisión de los poderos os mismos al Poder. Esta sumisión les convierte, a su manera, en podidos, según la terminología que propusimos, pero con una diferencia esencial, no se trata de una sumisión personal, como la del caso general, sino a la propia noción de Poder, que, como hay que repetir, es abstracta. Y como se ha dicho en el artículo”Sustentación del poder”, publicado aquí mismo, el miedo y la mentira son los mecanismos que también se emplean para su sumisión.

El miedo es el más evidente, la posibilidad de perder su posición, con los supuestos privilegios que conlleva, es el látigo más eficaz para su propio sometimiento. Y ese miedo a la pérdida se fundamenta a su vez en la mentira, que consiste en la creencia, en la fe, en que ese ejercicio por ellos mismos del Poder es bueno, como mínimo, para ellos, y a menudo, hasta para los demás. Nuestra abadesa y nuestro presidente, por más dictatoriales y tiránicos que sean, no pueden dejar de creer que aunque lo que hagan sea malo para sus monjitas o sus ciudadanos, es al menos bueno para ellos, aunque lo más corriente es que tanto la abadesa como el presidente traten de tener el mayor consentimiento de sus monjitas y sus ciudadanos, como manda el ideal democrático que corresponde a estos días.

Esta falsedad de la bondad de lo que obtienen para ellos mismos los poderosos requiere seguramente una explicación más pormenorizada, pues lo que está mandado, ¿o es que el Poder va a ponerse en cuestión a sí mismo?, es precisamente que se crea que eso es lo bueno, lo deseable, aunque sea inalcanzable para las masas de individuos y quede reservado para unos pocos que han conseguido conquistar esas posiciones.

Si los poderosos se dan a lo que suele entenderse por “la buena vida”, sin entrar por ello ahora a analizar si es no solo “buena” sino incluso “vida” siquiera, resulta curiosamente que dejan de ser poderosos, pues para dejar de estar ocupados y preocupados por el cuidado del capital que les permita al menos vivir sin trabajar el resto de sus días, que es con lo que sueñan los condenados al trabajo, dejan por ello de tener Poder, pues el Poder exige ocuparse de su ejercicio y si tienen que ocuparse, como parece que sucede en los más de los casos de quienes podrían vivir sin trabajar, del cuidado de su patrimonio, ya están con ello dejando el hipotético disfrute. Es así como el miedo a perder lo que alcanzaron y la falsedad de poder disfrutar a la vez que se ejerce el Poder se aplican también, a su especial modo, a los poderosos mismos. Cuando se ve a alguien que parece que podría vivir sin trabajar el resto de sus días y hasta sus descendientes y se ve también que sigue aferrado a la gestión de su patrimonio o al monarca que no se resiga a abdicar y sigue hasta la muerte, si le dejan, aferrado al trono, nos encontramos con la prueba de lo certero de la explicación que damos.

Los de abajo, por su parte, han de soportar igualmente el miedo, a la represión pura y dura los más contestatarios, y a perder lo que creen tener o a no poder lograr lo que creen desear. Y aquí es donde se presenta la cuestión que pensamos que es fundamental para entender tanto la pervivencia del Poder como, en necesario correlato, la ausencia de levantamiento contra el mismo.
A esa cuestión dedicaremos un próximo estudio.

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